jueves, 10 de diciembre de 2015

INSURRECCION TRANSFEMINISTA



Publicado el: 06 de mayo de 2014
(Galde 05, invierno/2014, Dossier Feminismo -s-). 

En enero de 2010 diversos colectivos recibimos una propuesta para unirnos y firmar un documento al que se le daba el nombre de Manifiesto Transfeminista (El contenido del mismo puede verse en http://mass-medeak.blogspot.com.es/2009/12/manifiesto-para-la-insurreccion.html).
Los colectivos y personas que formábamos el grupo firmante no estábamos escogidas al azar. Habíamos compartido con anterioridad, en diferentes espacios (físicos y virtuales) lo que considerábamos nuevos modos de hacer política feminista. Aunque en la actualidad y transcurridos cuatro años, este manifiesto podría tener diferentes matizaciones, correcciones, e incluso algún que otro arrepentimiento -no es nuestro caso-, no podemos olvidar que el transfeminismo nace o tiene su origen en la teoría queer y el postfeminismo.
Cuando hablamos de postfeminismo o teoría queer, hablamos de una crítica al pensamiento feminista imperante. 
Ambas teorías (teoría queer y postfeminismo) intentan plasmar en los años 90 un cierto descontento con la práctica política feminista mayoritaria. El centro argumental de sus críticas estará dirigido a lo que comúnmente llamamos sujeto único del feminismo, alrededor del que la teoría queer desarrolla un marco conceptual de gran incidencia, que plantea cuestiones tan importantes que van desde la construcción de la identidad de ese sujeto universal mujer, -definido desde y por la sociedad patriarcal-, hasta una interpretación del género como el acto performativo y repetitivo que permite seguir manteniendo un sistema brutal de opresión hacia las mujerxs.

El postfeminismo y la teoría queer se dotan así de un cuerpo teórico que crea un pensamiento que hace temblar los cimientos del paradigma mayoritario. Rompen con el ideario en torno a este sujeto encorsetado que acaba reventando y que en esa explosión crea y visibiliza múltiples identidades de mujerxs, identidades que van desde la feminidad más perversa y extrema a la masculinidad transexual y transgénero. Son identidades que, en definitiva, habían sido menos trabajadas, priorizadas, o reconocidas en su potencial en la lucha contra el heteropatriarcado. 
Estos nuevos sujetos añaden diversidad, rompen los moldes del binomio, y crean un imaginario de nuevas corporalidades: más híbridas, nómadas, seres intermedixs e infinitxs…

Ya sé que habrá quien afirme (y con razón) que en la genealogía del movimiento feminista podemos encontrar un pensamiento múltiple, transgresor y disidente anterior -e incluso coetáneo- al  postfeminismo, y que hablar de un movimiento feminista uniforme es bastante reduccionista.  Efectivamente el pensamiento disidente existe de forma permanente en la historia de este movimiento social, pero lo que no está tan claro es su grado de incidencia, su poder transformador o corrector “del paradigma”. O lo que es lo mismo, el nivel del impacto de esta disidencia teorico-práctica en lo que comúnmente llamamos la agenda feminista. Aquello que de repente convierte de forma generalizada el feminismo en feminismos.
Si diésemos por válida la teoría de la genealogía del feminismo clásico que quita capacidad de acción innovadora al  transfeminismo, teoría queer, o el postfeminismo, si en definitiva, estaba todo hecho y dicho y la revolución feminista estaba perfectamente planificada, no tiene sentido hablar de transfeminismo. Pero hablamos de transfeminismo y parece que no existen muchas dudas de que actualmente forma parte de lo que, cada vez más, denominamos los feminismos.

En nuestro caso, el primer impulso hacia lo que posteriormente desembocó en el transfeminismo fueron las Jornadas feministas de Córdoba del año 2000. La ponencia del colectivo de lesbianas feministas de Barcelona (El vestido nuevo de la Emperatriz) junto a la propuesta transgénero de Kim Perez encajaban perfectamente con nuestras inquietudes y preocupaciones como activistas feministas.
En aquel momento pensamos que El vestido nuevo de la emperatriz era un resumen de la teoría queer aplicada a nuestras realidades, un trabajo desde lo abstracto a lo real, desde lo teórico a lo práctico. Nos dimos cuenta que nuestro descontento tenía representación, existencia de un montón de grupos e individualidades descontentas, y no solo eso, ¡tenía teoría! Lo que vivíamos tenía nombre y fuerza, además de camino recorrido, acción, activismo y multiplicidad.

En el 2010 el transfeminismo decide avanzar y adquiere unas características propias locales que le distancian de la “moda de lo queer” y no lo alejan de la conciencia sobre la opresión machista (no se iba a permitir, en ningún caso, que lo queer se vaciase de contendido antipatriarcal). 
Este transfeminismo tiene un origen más inclusivo sobre las disidencias de género y sexuales. Eso no significa (repito) que esas disidencias no hubiesen existido y convivido con el feminismo con anterioridad, pero esta vez la diferencia es que esa disidencia cuenta con un marco teórico de relativa importancia, unos recursos tecnológicos que permiten que el nuevo mensaje se filtre, nos atraviese, aparezca y se extienda.
En este nuevo contexto de acción y pensamieno feminista establecemos nuestra propia hoja de ruta, una agenda con nuestras prioridades. Es algo que nos libera hacia una militancia más autónoma, que trabaja desde el concepto de red principalmente  -pero no exclusivamente- con ese amplio abanico de mujerxs transgresorxs.

Desde el transfeminismo no sólo se intenta ampliar el corpus conceptual o la agenda feminista. En todo este proceso se van creando estructuras diferentes al asamblearismo, el quehacer colectivo se resquebraja en cierto sentido, deja de tener tanta importancia y aparece lo individual también como promotor de revolución. 
El cuerpo pasa a ser el principal ámbito o lugar de reivindicación, equiparándolo a otros formatos espaciales más tradicionales como puede ser  “la manifestación”.
Además, la desbiologización de lo masculino y lo femenino es un paso más en el análisis antipatriarcal. Si hasta entonces el género y la sexualidad eran mecanismo de control y poder patriarcal, ahora el sexo también lo es. Hasta entonces conocíamos que el género y la sexualidad eran una imposición, un mecanismo de control del poder patriarcal basado en la diferencia biológica, ahora se añade que  ni siquiera ese sexo biológico es estático. Aquí entraría con fuerza el discurso transgénero y transexual, y su lucha por la abolición del binomio.

Quienes no hemos sido prioridad en la agenda feminista y hemos intentado dar a conocer el carácter corrosivo ante el heteropatriarcado de nuestras posturas políticas diferenciadas del activismo más generalizado, encontramos en el transfeminismo un reconocimiento. Es, más concretamente, en la postura lesbianista donde nosotras encontramos nuestra propia metodología antipatriarcal. Esto no significa, en ningún caso, que establezcamos una actitud de confrontación con quienes priorizan otras estrategias antipatriarcales, todo lo contrario, los postulados o formas diferentes en la lucha contra el heteropatriarcado pueden no llegar a ser excluyentes. Otra cosa bien diferente es que se intente silenciar o neutralizar esa diversidad de herramientas de lucha, o que existan formas más normativizadas de afrontarlo que en ocasiones no compartimos.
Por eso intentamos situarnos y no perder de vista el carácter más transgresor del movimiento feminista, ése que se caracteriza por una lucha global, integral y no solamente por el cambio sectorial de un solo colectivo. Nuestro interés es denunciar y luchar en contra de cualquiera de las desigualdades, no sólo aquellas relativas al género obligado.
En Euskal Herria hemos vivido y vivimos un proceso realmente importante porque lo que, en un principio, se suponía eran posiciones encontradas, se ha convertido en encuentros, reencuentros, entendimiento, autocrítica, interés, etc. En definitiva, posturas más flexibles que nos permiten, desde el optimismo, crear estrategias comunes e integradoras; proceso éste que también se da en la mayoría de los movimientos sociales.